Un corregimiento atlanticense lleno de vida: Sonia, la abuelita de Hibácharo
Un recorrido por la tierra de los campesinos e indígenas, donde su mayor riqueza es la amabilidad.
Al llegar a Hibácharo ubicado a 70 kilómetros de Barranquilla, nos dimos cuenta que es uno de los corregimientos que menos pobladores tiene en nuestro país, pero que a pesar del olvido tiene una administración muy prospera, con un total de 117 habitantes y una altitud de 55 metros (180pies) y una longitud -75,1356.
El cielo nublado anunciaba una tormenta ese día, pero no fue impedimento para buscar una historia en aquel lugar. La carretera estaba vacía y húmeda, sólo nos acompañaba una vista de las maravillas de la tierra: frondosos, verdes y grandes árboles que adornan el camino hacia diversos lugares pintorescos, donde habitan vacas, y gallinas con aquel olor peculiar a naturaleza y humedad que nos contaba indirectamente lo que significa en verdad dejar la ciudad a un lado, y vivir las riquezas del campo.
A las seis y media de la mañana emprendimos un viaje con el fin de conocer el corregimiento de Hibácharo. No sabíamos qué podíamos encontrar allá. Nos detuvimos un par de veces para ver qué tan lejos estábamos de nuestro destino y descubrimos que, al adentrarnos, sólo había afiches políticos. Seguimos nuestro viaje hasta llegar a la iglesia. En medio de la neblina, el sonido de la lluvia y la caída de las gotas en nuestras cámaras, buscamos a la líder del grupo. Nelly Buenara es el nombre de aquella mujer valiente que lucha día a día por el bienestar de su comunidad, que junto a su prima forman iconos ejemplares en la historia del corregimiento de Piojó.
Por coincidencia de la vida nos encontramos a la abuelita de Hibácharo, Sonia Buenara, una mujer luchadora de 85 años, que con su cariño y humildad ganó nuestros corazones desde el primer momento en el que la vimos. Nos invitó a su hogar, en medio de la lluvia, sin importar nuestros rostros cansados y desconocidos. Su calidez nos motivó a querer saber de su vida, y nos dio un abrebocas con queso y café hecho con sus propias manos en medio de la hoguera de aquella mañana grisácea.
Su voz quebrada y mirada pérdida nos traslada a aquel rincón junto a los granos de maíz producto de las cosechas de su amado esposo, de quien habla con brillo en sus ojos, emocionada y con sonrisa de oreja a oreja.
“Pobrecito mi esposo, se levanta a las tres de la mañana antes de que salga el alba, con su burrito cargado de herramientas para trabajar. Regresa a las nueve de la mañana para poder desayunar juntos y se va otra vez para volver en la noche”, afirma.
Sonia a su vez se lamenta porque los últimos meses habían sido de “vacas flacas” a causa de la sequía que enfrenta el corregimiento por estos días debido al cambio climático, la pobreza en ese sector de piojó representa un 10% de la pobreza del Atlántico, sin embargo, a pesar de las dificultades y su ya cansada edad, mantienen su hogar a punta de sudor y esfuerzo. Ella por un lado se encarga de las labores domésticas, y junto a su hija sostienen el negocio familiar: la venta de queso, y su esposo a la agricultura del maíz, la yuca y el cuidado del ganado.
La fuerte lluvia le regaló a la familia Buenara la luz en medio de la oscuridad para poder seguir trabajando en los cultivos que ya estaban por perderse por el calor sofocante que atravesaban por esos días; en medio de la amena conversación Sonia nos lleva a la hoguera de su patio para coger un poco de calor, y así seguir contando a mitad de la tormenta la historia que para bien o para mal le ha tocado vivir a lo largo de los años a ella y sus seres queridos.
Estando sentados la abuelita con cinco dientes, una camisa arrugada, y un corazón lleno de recuerdos y sufrimiento nos regala una enorme sonrisa minutos antes de contarnos la verdadera realidad por la que su familia y habitantes del pueblo se enfrentan.
“Si algo nos pasa, o nos llegara a pasar, a nosotros los que pertenecemos a la tercera edad nos tocara sobrevivir a punta de remedios caseros y oraciones, ya que todos están acostumbrados a quedarse de brazos cruzados en cuanto a temas de salud; incluso cuando los mismo niños se enferman con esas virosis tan fuertes que están dando o alguna enfermedad peor, lo único que podemos hacer con mucho sacrificio es movernos a Luruaco ya que aquí no contamos con un puesto de salud propio, de todas formas donde nuestros vecinos tampoco encontramos la suficiente ayuda para los tratamientos de los ancianos, y a la final muchos de nuestros niños, padres, y ancianos se ven afectados por este abandono por parte de la salud, de los medios y de los políticos.
También cuando uno necesita una medicina muy pocas veces se encuentra, le toca a uno hacer el paseo de la muerte para conseguirla, cuando no debería ser así, nosotros como seres humanos, merecemos el mismo trato e importancia con nuestros dolores, es una tristeza muy grande ver que los seres que amas se enferman y empeoran por falta de medicina, mencionó Buenara.
Al recorrer las calles de aquel recóndito paraíso atlanticense, y hablar con distintas familias- incluyendo la de Sonia- confirmamos la idea de que el pueblo colombiano a diario vive una constante lucha para acabar con la corrupción y las desigualdades sociales que el país enfrenta y sufre a diario debido al olvido político.
La hija de Sonia decide manifestarse debido a esta problemática que los ha albergado desde su infancia, y una de las razones por las que hoy día el 90% de la población de Hibácharo presente altos niveles de analfabetismo, y por ende, “falta de oportunidades para acceder a una educación de calidad”, y que por lo que ve heredaran sus dos hijos pequeños, y demás niños de la región.
“nosotros votamos por votar, los políticos prometen y no nos cumplen” expresa Buenara mientras la entrada de su vivienda representa una realidad diferente al tener varios afiches políticos colgados. El desencanto y resignación que vive esta pequeña población nos provoca una jaqueca combinada con impotencia que sólo es entendida por quienes se fijan en su mirada perdida y rostro maltratado por las necesidades y desesperación que trae cada día; los hospitales al igual que las instituciones educativas no son más que palabras vacías de quienes toman el poder para beneficio propio.
Mientras sujeta aquel rosario de color plata y cruz dorada nuestra abuelita eleva su cabeza para agradecerle a Jehová, por permitirle conocer a sus nietos y ver a sus hijos convertidos en lo que son hoy día debido a la dedicación del trabajo de su matrimonio, “son mis hijos quienes me regalan las pastillas para mantener mi presión estable, el puesto de salud nunca tiene medicamentos disponibles, sino fuera por ellos que van constantemente a Barranquilla estaría muerta”.
Es un orgullo para Sonia decir que Cristian uno de sus cuatro hijos, y primogénito del amor entre ella y su esposo René, es de los pocos jóvenes del pueblo que han podido tener una historia distinta al de todos, ya que hace dos años se graduó del Sena como administrador de empresas, faltándole nada más la experiencia laboral que se ha convertido en una cruz sobre su espalda. Con su diploma colgado en la pared de aquel lugar humilde Buenara nos cuenta con tristeza lo mucho que lamenta y reza para que su hijo consiga trabajo relacionado con su profesión y así salir del circulo vicioso que se ha visto envuelta su familia.
Algo que quedó claro es que aquella cariñosa mujer nos hizo sentir como en nuestro hogar, con esa calidez de abuela, que nos dejaba con cada comentario, el cariño de su hablar; de cómo se expresaba de su familia y su vida con tanto regocijo que podría hacer llorar a cualquier persona que llegase a aquel lugar, pues sus ojos llenos de lágrimas nos decían cuán sincera era su narración.
Con su pesado caminar y sus agotadas manos de tanto que hacer en su casa, cada tres minutos nos preguntaba en repetidas ocasiones la misma preguntaba "¿y cómo es que se llaman ustedes?" cómo sinónimo de que quizá no habría escuchado esos nombres u apellidos antes, o que caso contrario le recordaban a la vecinita que vivía al frente.
Todos hemos querido en algún momento de nuestras vidas ver a Dios, y este día quizá entre risas, llanto, comidas y fuertes lluvias nos dimos cuenta de la verdadera realidad. Sonia Buenara nos regaló la sonrisa más grande y bonita de la vida. Cuando llegamos a nuestras casas, en medio del ruido y estrés de la ciudad concluimos en que habíamos conocido a Dios, y que este, tiene la sonrisa más hermosa que hayamos visto en nuestra vida, por eso como reflexión de esta experiencia dejamos una incógnita, ¿Estamos listos para ver en nuestro prójimo más que una persona? ¿Podemos compartir más amor, y menos olvido? ¿Somos fuente de felicidad para los demás?

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